Siempre he sido una persona ruidosa: desde niño, hasta ahora a mis 62 años, he sido una persona que produce (involuntariamente) mucho ruido. Ruido al caminar. Ruido al moverme. Ruido al hablar. Ruido al comer. Ruido al hacer cualquier actividad. Y lo más incómodo: ¡ruido cuando intento “no hacer ruido”!
Esto, por supuesto, me causo hartos problemas en mis tiempos de estudiante de primaria/bachillerato: Si varios compañeros estábamos platicando, la miss (siendo escuela bilingüe, llamábamos “miss” a la maestra) al que escuchaba (y castigaba) era a mí.
Igual cuando pedían que hiciéramos una actividad “en voz baja”… 2 minutos después: “Fernando, dijimos que en voz BAJA.”
De niño y adolescente me pasaba lo mismo: estando en grupo de amig@s, me decía mi mamá que de lejos la única voz que se oía… ¡era la mía!
Y claro, cuando no es la voz, era algo que tiré, algo que se me cayó, algo que golpeé…
Hoy, de adulto mayor (en México, arriba de 60 años ya somos considerados ‘adultos mayores’ y hasta nos dan una credencial que lo certifica) el problema no ha cambiado.

A veces, en la noche necesito ir al WC, trato de levantarme y caminar en silencio y, o me tropiezo con algo, o abro la puerta del baño haciendo demasiado ruido, o peor aún, al cerrarla, sin querer termino azotando la puerta… despertando a Tony en el intento por hacerlo “en silencio”.
Y pues ni modo, ya lo tomamos como parte de mí. Ya sabemos que SOY ruidoso, que lo he sido toda la vida, y que cuando trato de controlar el ruido que hago termino haciendo más ruido. Siempre seré, como me dice Tony cariñosamente, “ruidosito”. Jamás habría podido ser un ninja silencioso… ¡Supongo que ser ruidoso viene como complemento del TDAH!




