Admiro mucho a las personas que les gusta viajar. Me encanta que compartan fotos y vídeos de los lugares que visitan, ya sean las clásicas fotos de la Torre Eiffel, de la Torre Inclinada de Pisa, del Buda Gigante de Lesham o de la Torre CN de Toronto, y también de lugares menos turísticos (paisajes de Noruega, vida cotidiana en Tokio…). En verdad, agradezco mucho que las personas que tienen la habilidad y capacidad de viajar lo hagan y compartan con nosotros su experiencia.
Sin embargo, debo confesar que eso de viajar NO es para mí. Y no hablo de viajar cerca, a lugares donde puedas llegar en automóvil, con eso no tengo problema, y de hecho lo disfruto bastante. Mi problema es con viajar largas distancias, a países remotos, y las razones son diversas:
Primera razón: Estar sentado más de 2 horas en un avión. Gracias, pero NO es para mí. Puedo aguantar 2 horas, quizás hasta 3. ¿Más de eso? No gracias. El despegue y aterrizaje pueden ser interesantes: Observar los mecanismos de las alas (flaps, slats, spoilers, etc.) durante esos procedimientos. Ver las casas y edificios desde el aire y cómo se van haciendo más pequeños mientras el avión se eleva. Lo mismo (pero en sentido contrario) durante el aterrizaje: escuchar el tren de aterrizaje bajando, ver cómo trabajan los mecanismos de las alas, ahora para frenar al avión. Ver desde el aire la ciudad destino. Todo eso es maravilloso pero… ¿el resto? ¿Y en un vuelo transatlántico? Ver mar, mar, más mar… ¡y más mar! (o nubes, pues muchas veces a 36,000 pies ni el mar puedes ver…). No puedes bajarte a caminar. Ni siquiera puedes caminar como lo harías en un ferrocarril. Estás prácticamente encarcelado por 10 o más horas. Mi neurodiversidad no me lo permite. Y sí, se que hay “entretenimiento a bordo”, pero ¿ver más de una película? No gracias.

Segunda razón: ¡No me quedo con nada! Pues sí: si gasto -por decir algo- en un automóvil nuevo, tendré un automóvil al menos por los siguientes 10 años (el que traigo ahora tiene 18). Si gasto en arreglar la cocina de la casa, o construir una terraza para dicha casa, tendré esa construcción probablemente lo que me quede de vida. Incluso algo más barato: si compro una cámara, tendré cámara por varios años. En cambio, ¿viajar? Me gasto una lana, me xingo horas encerrado en un avión para ir, y otro xingo de horas para regresar. Si viajo a otra longitud, me xingo con el jet-lag a la ida, y luego me xingo con el jet-lag al regreso. Y al final… ¿con qué me quedo? ¡Con nada! Más allá de algún souvenir que haya traído, y de las fotos que traiga en mi celular, al final gasté y sufrí… todo a cambio de un llaverito que diga “Barcelona”.
Tercer razón: Pero.. ¿Y los recuerdos? Ya sé: muchos de los que leyeron la segunda razón, es probable que hayan pensado: “¡Pero es que te quedas con los recuerdos!” ¿Te cae? Una anécdota: hace tiempo, platicando en un grupo de amigos, me dijeron: “¿Te acuerdas cuando fuimos a Malinalco?” Empezaron a describir el lugar y lo que hicimos. Hasta comentaron cuánto me quejé que en el bar estuviera más caro un refresco (lo que yo bebo) que una cerveza (lo que ellos bebían). Comentaron cómo a uno de nuestros amigos se le pasaron las copas y los desmantes que hizo. Por supuesto que yo no recordaba nada. Fue hasta que mi amigo fue por las fotos (si, el viaje a Malinalco fue cuando las fotos se tomaban con cámara de rollo y se imprimían en papel) y me mostraron que yo estaba ahí… TODO un viaje olvidado. Y eso que fue cerca. ¿Te imaginas gastarte una fortuna en viajar a Europa, o a Australia, o a Japón para luego, 20 años después, no recordarlo?
Así que, regresando a mi comentario inicial, viajar (a lugares lejanos) NO es para mi, y seguiré admirando a quienes lo hacen, y por supuesto, seguiré disfrutando sus fotos y vídeos. ¿Yo? Yo prefiero viajar en automóvil. Puedo detenerme donde quiera. Voy viendo paisajes, árboles, montañas, personas. Cuando me canse, puedo detenerme en el próximo pueblito y caminar un rato, conocer el centro y la iglesia, tomarme un refresco. Y nunca sufriré de jetlag.
Fer.



